domingo 10 de agosto de 2008

errebedé (segunda parte y final)


A la luz de ciertos acontecimientos recientes, me da la impresión de que los medios de prensa no corresponden, como a veces se pretende hacer creer, a una lista de circos vía satélite cuyas líneas editoriales, comparándose entre sí, carecen por completo de diferencias a causa de la homogénea posición social, política y económica de sus dueños y directores ejecutivos. No voy a negar que éstos contribuyen poco y nada a la diversidad de pensamiento y reflexión, regidos como están, y con todo derecho, por criterios comerciales en su calidad de mercachifles; tampoco que, en lugar de ello, reproducen un discurso dominante del que los ciudadanos, demasiado a menudo, no somos sino un débil eco y bla, bla, bla. Sin embargo, casos como el de la chiquilla lanza/aguas -o "la niña mojona"- cuestionan un poquito la validez absoluta de dicha teoría.

El hecho noticioso -si es que cabe calificar así a un acto que, en su origen, tuvo mucho de mero arrebato pasional- ha sido referido una y otra vez con la insistencia característica de los códigos periodísticos, y, por lo tanto, todos quedamos más que suficientemente enterados: recién aprobada la ley general de educación, en un encuentro de "diálogo" entre la autoridad y algunos estudiantes, maría música sepúlveda -el nombre de pila refuerza su singularidad en tanto ícono idolatrado por nuestra fauna adolescente- le vació un jarro con agua a la ministra mónica jiménez, tras considerar que las vociferaciones que en ese minuto profería -con muy poca sensibilidad musical- no estaban siendo escuchadas. Acto seguido, vino el esperado eco. Eso sí, al contrario de lo predecible, éste se produjo en un registro sorprendentemente amplio, oscilando entre el tono tremendista y apocalíptico -"adónde iremos a parar, el país se viene abajo"- y la boba veneración, al más puro estilo de woodstock: "la niña es una semidiosa".

En otra oportunidad, a propósito de otra cosa pero también en este blog, hice la observación, bastante evidente por lo demás, de que la tele, dada su naturaleza, exagera y/o distorsiona la mayor parte de los acontecimientos que cubre, a fin de salvar, en la medida de lo posible, aquella distancia tangible y al mismo tiempo abstracta que la separa de la audiencia-ciudadanía. Así, todo lo que se transmite es ¡exclusivo! , im-pac-tan-te, REVELADOR o "curioso". De la misma manera, lo de maría música sepúlveda es condenado y ensalzado con niveles de alharaca perfectamente simétricos. El motivo no es enigma para nadie: antes que auditores, antes que ciudadanos, quienes consumimos medios de comunicación somos precisamente eso, consumidores (valga la repugnancia). La tele, por su parte, debe hacer creer que sintoniza con la clientela, tanto con la que apoya como con la que no, como si frente a casos como éste no fueran posibles los matices.

Alguien podría preguntarse: ¿para qué detenerse tanto en la dimensión mediática del acto de la pequeña mojoncita, en lugar de hacerlo atendiendo a sus implicancias políticas y culturales? Al respecto, pienso que hoy por hoy estos dos últimos ámbitos están como nunca integrados con el primero. Los medios, internet a la cabeza, determinan la vida diaria y sus progresivas transformaciones, y aquellos de una categoría algo más tradicional -de los que venimos hablando hasta ahora- muchas veces dirigen la forma en que el gobierno y los parlamentarios proceden. He ahí el efecto del asunto: no consiste en la aprobación de una ley de alcances históricos ni en el asesinato a sangre fría de una connotada personalidad pública, es verdad, pero siendo un acto de tamaña espectacularidad en la era en que predomina la "golosina visual", tiene mucho, muchísimo que significar.

Tampoco parece coincidencia que, en pocos meses, sea la segunda ocasión en que una adolescente de catorce años protagoniza una escena tan aplaudida como a la vez polémica (naty no es fácil... de olvidar). ¿Los pendejos de verdad son tan brígidos? Si creemos que sí, ¿cuánta influencia hay en ese juicio de la perspectiva timorata y ultrañoña de En la mira e Informe especial, donde somos todos ignorantes, alcohólicos, sodomitas y buenos para mandarnos cagás? Si opinamos que no, ¿será porque el tema no nos importa y preferimos hacer cualquier cosa antes que pensar y, por ejemplo, hacernos estas preguntas? Y esto, ¿qué tiene de nuevo, por lo demás? En el siglo V aC, ¿habrán pensado algo parecido los atenienses mayores y con poder sobre esa manga de muchachitos que se aceitaban el cuerpo, iban al gimnasio y aprendían, en la escuela sofística, la manera de argumentar para salirse siempre con la suya, independientemente a la calidad de sus fines? ¿Estará muy mal envidiar secretamente a la famosa maría música, soñando con propinarle un gancho al hígado a iván moreira o un jarro con gómito a adolfo zaldívar?

Hasta que pase su hit, la niña mojona ha de engrosar, quiéralo o no, las filas de los legionarios de errebedé. Mientras tanto, feliz día del niño.

sábado 8 de marzo de 2008

kramer versus kramer

En boca de los analistas farandulientos de la tele -y también en la de nosotros, opinólogos de sobremesa-, se ha vuelto un clásico & ultrarrepetido comentario veraniego aquello de que el festival de la canción de viña perdió, en buena parte, el glamour y la espectacularidad que alguna vez le hicieron brillar como uno de los más importantes certámenes hispanoamericanos. Para uno, que ha nacido con la llegada de la "democracia" y que por lo tanto no ha presenciado la manera en que muchas cosas han involucionado con el transcurso del tiempo, resulta sencillamente imposible comprobar si tal afirmación tiene asidero en la realidad verificable, o si, por el contrario, responde más bien a una remembranza teñida por el a ratos engañoso prisma de la nostalgia. Lo que sí puede hacerse, y con toda facilidad, es dejar constancia del contraste abismal entre lo que vemos en la pantalla y lo que con toda justicia cabría esperarse de un show que ya va en su cuadragésima novena versión. La conclusión, sin exagerar, es desalentadora: el de este año fue un festival decididamente wáter, con apenas dos o tres excepciones que confirmaron la mediocridad de la regla.

Una de ellas fue la presentación de stefan kramer, comediante chileno hoy por hoy elevado al sitial de ícono y/o héroe de la nación, el mismo que, de acuerdo a la impredecible voluntad plebeya, han ocupado con méritos dispares personajes tan variopintos como neruda, julio martínez, nico massú y la nunca bien ponderada naty (la del wena ídem). De cualquier manera, la gloria y la fama de las que kramer goza actualmente están lejos de obedecer a un capricho mediático infundado: el tipo, como han dicho todos hasta el cansancio, es extremadamente seco. Tiene un oído finísimo, sí, pues hace falta una paila prodigiosa para identificar el tono de voz exacto de las personas y reproducirlo con tamaña fidelidad, pero además parece ser que el huevón mantiene línea directa entre el cerebro y su miosina toda, ya que controla a la perfección cada uno de los músculos de su cuerpo al remedar los gestos y tics de sus víctimas.

Si a lo anterior sumamos un show dinámico y sin silencios incómodos, un guión medianamente divertido, simpatía diríase que innata, capacidad de observación francamente admirable, ensayos rigurosos y un público dispuesto a hacerle el camino llano, nos deja lo que, en efecto, fue: una rutina impecable que sólo puede esperarse de una persona muy fuera de lo común, de alguien que trabaja y trabaja durante semanas en un truco que finalmente será exhibido en apenas unos minutos, los cuales son, sin embargo, inolvidables. No es de extrañar que durante los próximos años veamos a stefan kramer adquiriendo notoriedad continental y acaso también mundial. Según sus propias palabras -modestia aparte-, no hay nadie sobre la faz de la tierra a quien no pueda imitar, y nosotros no estamos, a estas alturas, en condiciones de contradecirlo. Se le califica con nueve panes con palta (de un máximo de diez).

Hay, eso sí, algo un poco lamentable en todo esto: como viña sólo tuvo dos números de humor, y el otro -salomón & tutu tutu- fue groseramente charcha, el imitalotodo acaparó las miradas y los aplausos un poco en desmedro de sus colegas, o, al menos en este caso, por oposición. En ese sentido, el talento descollante de kramer lo convierte en un bufoncillo que, con cada aparición, se gana de antemano el interés del respetable sin poderlo evitar, lo que, junto con su perfeccionismo un tanto neurótico, hace de sí mismo su peor y más temible enemigo. ¿Es justo que se acabrone? Por supollo. Sus presentaciones, que incluyen canto, baile, chistoseo y actuación -vale decir, múltiples números de varieté por el precio de uno solo-, superan por mucho a lo que ofrecen los arquetípicos caballeros barrigones y de mamas incipientes con cosas como: "es que el chileno tiene esa cosa pícara... como ése que llega muerto de curao a la casa y la señora le dice..." Aunque a mí, la verdad, no me importa; todo me da risa, desde los sitcoms hasta los monitos, pasando por el stand up comedy y el panel de tolerancia cerdo.

Lo que hemos visto en viña -y visitado chorrocientas mil veces en la yutub- ya fue presentado en la tv por fragmentos, por lo que este último "kramerazo" no es más que el resumen y la culminación de un primer período exitosísimo. Lo que sigue, entonces, es claro & evidente: hay que olvidarse del imitalotodo para así no trillarlo -este post se autodestruirá en el curso de una semana-, al tiempo que saboreamos con deleite la espera de su ojalá no muy próxima reaparición. Mal que mal, en eso se pasa la vida todo artista y aspirante a ídem: yendo & viniendo entre la pieza oscura y el despliegue en público de sus egocentrismos.