
A la luz de ciertos acontecimientos recientes, me da la impresión de que los medios de prensa no corresponden, como a veces se pretende hacer creer, a una lista de circos vía satélite cuyas líneas editoriales, comparándose entre sí, carecen por completo de diferencias a causa de la homogénea posición social, política y económica de sus dueños y directores ejecutivos. No voy a negar que éstos contribuyen poco y nada a la diversidad de pensamiento y reflexión, regidos como están, y con todo derecho, por criterios comerciales en su calidad de mercachifles; tampoco que, en lugar de ello, reproducen un discurso dominante del que los ciudadanos, demasiado a menudo, no somos sino un débil eco y bla, bla, bla. Sin embargo, casos como el de la chiquilla lanza/aguas -o "la niña mojona"- cuestionan un poquito la validez absoluta de dicha teoría.
El hecho noticioso -si es que cabe calificar así a un acto que, en su origen, tuvo mucho de mero arrebato pasional- ha sido referido una y otra vez con la insistencia característica de los códigos periodísticos, y, por lo tanto, todos quedamos más que suficientemente enterados: recién aprobada la ley general de educación, en un encuentro de "diálogo" entre la autoridad y algunos estudiantes, maría música sepúlveda -el nombre de pila refuerza su singularidad en tanto ícono idolatrado por nuestra fauna adolescente- le vació un jarro con agua a la ministra mónica jiménez, tras considerar que las vociferaciones que en ese minuto profería -con muy poca sensibilidad musical- no estaban siendo escuchadas. Acto seguido, vino el esperado eco. Eso sí, al contrario de lo predecible, éste se produjo en un registro sorprendentemente amplio, oscilando entre el tono tremendista y apocalíptico -"adónde iremos a parar, el país se viene abajo"- y la boba veneración, al más puro estilo de woodstock: "la niña es una semidiosa".
En otra oportunidad, a propósito de otra cosa pero también en este blog, hice la observación, bastante evidente por lo demás, de que la tele, dada su naturaleza, exagera y/o distorsiona la mayor parte de los acontecimientos que cubre, a fin de salvar, en la medida de lo posible, aquella distancia tangible y al mismo tiempo abstracta que la separa de la audiencia-ciudadanía. Así, todo lo que se transmite es ¡exclusivo! , im-pac-tan-te, REVELADOR o "curioso". De la misma manera, lo de maría música sepúlveda es condenado y ensalzado con niveles de alharaca perfectamente simétricos. El motivo no es enigma para nadie: antes que auditores, antes que ciudadanos, quienes consumimos medios de comunicación somos precisamente eso, consumidores (valga la repugnancia). La tele, por su parte, debe hacer creer que sintoniza con la clientela, tanto con la que apoya como con la que no, como si frente a casos como éste no fueran posibles los matices.
Alguien podría preguntarse: ¿para qué detenerse tanto en la dimensión mediática del acto de la pequeña mojoncita, en lugar de hacerlo atendiendo a sus implicancias políticas y culturales? Al respecto, pienso que hoy por hoy estos dos últimos ámbitos están como nunca integrados con el primero. Los medios, internet a la cabeza, determinan la vida diaria y sus progresivas transformaciones, y aquellos de una categoría algo más tradicional -de los que venimos hablando hasta ahora- muchas veces dirigen la forma en que el gobierno y los parlamentarios proceden. He ahí el efecto del asunto: no consiste en la aprobación de una ley de alcances históricos ni en el asesinato a sangre fría de una connotada personalidad pública, es verdad, pero siendo un acto de tamaña espectacularidad en la era en que predomina la "golosina visual", tiene mucho, muchísimo que significar.
Tampoco parece coincidencia que, en pocos meses, sea la segunda ocasión en que una adolescente de catorce años protagoniza una escena tan aplaudida como a la vez polémica (naty no es fácil... de olvidar). ¿Los pendejos de verdad son tan brígidos? Si creemos que sí, ¿cuánta influencia hay en ese juicio de la perspectiva timorata y ultrañoña de En la mira e Informe especial, donde somos todos ignorantes, alcohólicos, sodomitas y buenos para mandarnos cagás? Si opinamos que no, ¿será porque el tema no nos importa y preferimos hacer cualquier cosa antes que pensar y, por ejemplo, hacernos estas preguntas? Y esto, ¿qué tiene de nuevo, por lo demás? En el siglo V aC, ¿habrán pensado algo parecido los atenienses mayores y con poder sobre esa manga de muchachitos que se aceitaban el cuerpo, iban al gimnasio y aprendían, en la escuela sofística, la manera de argumentar para salirse siempre con la suya, independientemente a la calidad de sus fines? ¿Estará muy mal envidiar secretamente a la famosa maría música, soñando con propinarle un gancho al hígado a iván moreira o un jarro con gómito a adolfo zaldívar?
Hasta que pase su hit, la niña mojona ha de engrosar, quiéralo o no, las filas de los legionarios de errebedé. Mientras tanto, feliz día del niño.
El hecho noticioso -si es que cabe calificar así a un acto que, en su origen, tuvo mucho de mero arrebato pasional- ha sido referido una y otra vez con la insistencia característica de los códigos periodísticos, y, por lo tanto, todos quedamos más que suficientemente enterados: recién aprobada la ley general de educación, en un encuentro de "diálogo" entre la autoridad y algunos estudiantes, maría música sepúlveda -el nombre de pila refuerza su singularidad en tanto ícono idolatrado por nuestra fauna adolescente- le vació un jarro con agua a la ministra mónica jiménez, tras considerar que las vociferaciones que en ese minuto profería -con muy poca sensibilidad musical- no estaban siendo escuchadas. Acto seguido, vino el esperado eco. Eso sí, al contrario de lo predecible, éste se produjo en un registro sorprendentemente amplio, oscilando entre el tono tremendista y apocalíptico -"adónde iremos a parar, el país se viene abajo"- y la boba veneración, al más puro estilo de woodstock: "la niña es una semidiosa".
En otra oportunidad, a propósito de otra cosa pero también en este blog, hice la observación, bastante evidente por lo demás, de que la tele, dada su naturaleza, exagera y/o distorsiona la mayor parte de los acontecimientos que cubre, a fin de salvar, en la medida de lo posible, aquella distancia tangible y al mismo tiempo abstracta que la separa de la audiencia-ciudadanía. Así, todo lo que se transmite es ¡exclusivo! , im-pac-tan-te, REVELADOR o "curioso". De la misma manera, lo de maría música sepúlveda es condenado y ensalzado con niveles de alharaca perfectamente simétricos. El motivo no es enigma para nadie: antes que auditores, antes que ciudadanos, quienes consumimos medios de comunicación somos precisamente eso, consumidores (valga la repugnancia). La tele, por su parte, debe hacer creer que sintoniza con la clientela, tanto con la que apoya como con la que no, como si frente a casos como éste no fueran posibles los matices.
Alguien podría preguntarse: ¿para qué detenerse tanto en la dimensión mediática del acto de la pequeña mojoncita, en lugar de hacerlo atendiendo a sus implicancias políticas y culturales? Al respecto, pienso que hoy por hoy estos dos últimos ámbitos están como nunca integrados con el primero. Los medios, internet a la cabeza, determinan la vida diaria y sus progresivas transformaciones, y aquellos de una categoría algo más tradicional -de los que venimos hablando hasta ahora- muchas veces dirigen la forma en que el gobierno y los parlamentarios proceden. He ahí el efecto del asunto: no consiste en la aprobación de una ley de alcances históricos ni en el asesinato a sangre fría de una connotada personalidad pública, es verdad, pero siendo un acto de tamaña espectacularidad en la era en que predomina la "golosina visual", tiene mucho, muchísimo que significar.
Tampoco parece coincidencia que, en pocos meses, sea la segunda ocasión en que una adolescente de catorce años protagoniza una escena tan aplaudida como a la vez polémica (naty no es fácil... de olvidar). ¿Los pendejos de verdad son tan brígidos? Si creemos que sí, ¿cuánta influencia hay en ese juicio de la perspectiva timorata y ultrañoña de En la mira e Informe especial, donde somos todos ignorantes, alcohólicos, sodomitas y buenos para mandarnos cagás? Si opinamos que no, ¿será porque el tema no nos importa y preferimos hacer cualquier cosa antes que pensar y, por ejemplo, hacernos estas preguntas? Y esto, ¿qué tiene de nuevo, por lo demás? En el siglo V aC, ¿habrán pensado algo parecido los atenienses mayores y con poder sobre esa manga de muchachitos que se aceitaban el cuerpo, iban al gimnasio y aprendían, en la escuela sofística, la manera de argumentar para salirse siempre con la suya, independientemente a la calidad de sus fines? ¿Estará muy mal envidiar secretamente a la famosa maría música, soñando con propinarle un gancho al hígado a iván moreira o un jarro con gómito a adolfo zaldívar?
Hasta que pase su hit, la niña mojona ha de engrosar, quiéralo o no, las filas de los legionarios de errebedé. Mientras tanto, feliz día del niño.


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